Imagen de encabezado: enorme busto en Bagdad del Califa abasí Al-Mansur (Almanzor), fundador de la ciudad en el añó 762.
Imagen anterior (portada de esta entrada): Plaza de la Liberación o Tahrir Square, espacio central de la capital y de Irak.
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El 10 de febrero a las 3am, el avión de Turkish Airlines despegaba del aeropuerto internacional de Estambul rumbo a Bagdad, y yo me pellizcaba para creer que no era un sueño. Al aterrizar en la ciudad fundada por Al-Mansur, allí, a orillas del Tigris, seguía dudando de la realidad de la vivencia. Pero luego me convencí de que era cierto: estaba respirando el mismo aire que respiraron los eruditos de todo el orbe diez o doce siglos antes, cuando en la Casa de la Sabiduría, bajo las órdenes de sucesivos califas, traducían las grandes obras del la Antigüedad del griego al árabe, y garantizaban así la supervivencia de tan invalorable conocimiento para la Humanidad toda.

Poco queda de aquella Bagdad maravillosa de las Mil y Una Noches, homenajeada en las calles de hoy por las estatuas de Scheherezade y Shahriar, y por las de varios poetas y filósofos, y por supuesto por el espíritu del Tigris, y por el de los bagdadíes. El resto es caos de tránsito casi sin semáforos, intenso smog, ciudad tercermundista inmensa y precaria, pero también islas de prosperidad, algunas cuadras con espléndidos negocios de primeras marcas y estrambóticos  proyectos de hoteles cinco estrellas en construcción.
Los contrastes son muchos e impactantes, entre el pasado y el presente, y entre esas islas de inversión capitalista en medio de una inmensa urbe que parece no dialogar con ellas.
La gran Plaza Tahrir o “de la Liberación” testimonia la Revolución Nacionalista de 1958, que terminaría siendo conducida por Sadam Husein. Y los grandes carteles de mártires y líderes religiosos que ocupan casi todo el espacio de publicidad en vía pública (no solo en Bagdad, sino en todo Irak) hablan del poder del Islam chiíta, instaurado luego de que la invasión estadounidense de 2003 derrocara y asesinara al sunita Sadam.

En medio de todo esto, florece un bello y tradicional espacio literario: se trata de la peatonal Al Mutanabi, que se inicia (en la orilla oriental del Tigris) con la gran estatua del poeta homónimo del siglo X, está colmada en toda su extensión de puestos de venta de libros, y tiene como hito y refugio de los intelectuales del país el muy pintoresco Shabandar Café (en 2007, un tremendo atentado mató allí a más de cien personas, entre ellas a cuatro de los hijos y un nieto del entonces propietario, Mohamad al-Khashali).

En los alrededores de Bagdad, aguardan a quien se interese en conocerlos, los devotos chiítas que abarrotan la mezquita-santuario de Al-Kadhimiya, y las ruinas de Ctesifonte y Dur-Kurigalzu.