Imagen de encabezado: dromedarios de tribus beduinas sobre la ruta de Basora a Bagdad.
Imagen anterior (portada de esta entrada): en los pueblos, ciudades y rutas del país se encuentran por doquier grandes carteles con las imágenes de los dos líderes del chiísmo iraquí.
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Lanzarse a las rutas de Irak es una aventura particular.
La memoria de una país fascinante, poseedor de los rastros más antiguos de los albores de la Humanidad, convive con un tráfico no apto para impacientes, ni ansiosos, ni gentes de estómago sensible. Los frenazos, los embotellamientos que obligan a ir a paso de hombre, las pasadas por la banquina, los cortes y desvíos, los frecuentes controles policiales y las calzadas en mal estado, conviven con algunos tramos de autovías impecables. No hay que olvidar que Irak vivió tres guerras en las últimas dos décadas, cinco si contamos las que lo enfrentaron a Irán en la década del ’80 y la de Kuwait en los ’90, y seis si computamos también la iniciada el 28 de febrero de 2026 (ocho días después de mi partida de Bagdad), cuando Israel y Estados Unidos atacaron Irán.