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©2026 Matías Wiszniewer
Imagen de encabezado: la Convergencia del Tigris (a la derecha) y el Éufrates (a la izquierda) vista desde el Río de los Árabes en Al Qurna
Imagen anterior (portada de esta entrada): búfala perteneciente a los árabes de las marismas, explorando los pantanos y los juncos.
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Las más arcaicas ciudades de la Mesopotamia se encontraban directamente sobre el Golfo Pérsico, pero con el correr de los milenios las tierras fueron avanzando sobre el mar, y se crearon nuevos asentamientos como los que visité rumbo a Basora, la urbe más grande de esos nuevos terrenos.
Luego de pasar la noche en la localidad de Nasiriyah y de visitar Eridú, alcanzamos las marismas, antiguo ecosistema sobre el Éufrates que algunos locales llaman “Jardín del Edén”. Esta zona de pantanos se encuentra habitada, desde hace siglos, por los llamados “árabes de las marismas“, que viven de la pesca, de la leche de sus búfalas, y ahora también del turismo. Navegué entre esos juncos en un bote o “mashhoof” sabiamente conducido por los remos de Abu Haider, uno de esos árabes, pescador, narrador de historias y barquero reconocido en todo el sur de Irak. Durante la navegación sorprendió encontrarse, en el medio de la aguas, unos portentosos bloques de hormigón puestos allí por el ejército de Sadam Husein: fueron los pilares de un puente que permitió el paso de tanques en una de las tantas guerras del siglo pasado. La velada en el pago de Abu Haider terminó con un delicioso almuerzo de pescado fresco (carpa del Éufrates) con acompañamientos varios como arroz y tallo crudo de cebolla de verdeo.
Más al sur, alcanzamos la convergencia entre los anchísimos cauces del Tigris y el Éufrates.
El lugar se llama Al Qurnah, y alberga el llamado “Árbol de Adán“, en lo que para muchos es el punto exacto donde se hallaba el Edén bíblico (y entonces, piensa uno, también fue allí donde la serpiente tentó a Adá y a Eva provocando la Expulsión).
Un cartel junto al árbol dice que cuando Abraham llegó al lugar, confirmó que ese era el sitio del árbol del primer hombre.
Los celebérrimos cauces mesopotámicos que se unen dando lugar al “Río de los Árabes“, que luego atraviesa Basora y desemboca en el Golfo. Gracias a un barquero local pude desplazarme por este último y contemplar desde allí la trascendente convergencia fluvial.
BASORA es una de las ciudades más grande de Irak, y el principal puerto desde su fundación por lo árabes en el siglo VII.
Navegué en el medio de ella por el ancho Shatt al-Arab (Río de los Árabes, que la atraviesa de noroeste a sureste), entre los gigantescos hierros del Puente del Ascensor (que se eleva para permitir el paso de buques de gran porte) y el Puente de los Italianos. Vislumbré desde esas aguas otros rastros de la época de Sadam, como el Arco de ingreso a la otrora Zona Presidencial (hoy cuartel de los ex voluntarios en la guerra contra el Isis), uno de sus grandes yates (en perfecto estado de conservación) y otro de sus barcos (oxidado y semihundido). Y visité luego la vieja Basora, a la que alguna vez llamaron “Venecia de Oriente“: se trata del barrio Shanashel, ya bastante venido a menos, pero que deja ver rasgos de un antiguo esplendor en sus casas de madera abandonadas y en las balconadas diseñadas para que las mujeres puedan observar la calle sin ser vistas. Convivieron allí cristianos, judíos y musulmanes, y hay un proyecto de la Unión Europea para poner en valor toda la zona.
En el regreso a Bagdad, nos saludaron el crepúsculo de la Mesopotamia y manadas de dromedarios al mando de sus pastores beduinos.
