Fui a Alemania como descendiente de inmigrantes judíos de Europa oriental a reencontrarme con ese territorio fuente del dolor irreparable de mis antepasados; como argentino a intentar comprender al mundo al que mi país pertenece, a uno de los centros de desarrollo de la globalización en que estamos inmersos; y como miembro de la humanidad occidental, a vivenciar una de las naciones protagonistas de la contradictoria historia de occidente, en la que transcurrieron algunas de las epopeyas más sublimes y de los hechos más siniestros que el hombre ha sido capaz de concretar.

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