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IMAGEN DE PRESENTACIÓN:  
Monumento al conquistador Pedro de Valdivia en la Plaza de Armas de Santiago de Chile.

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“Yo pisaré las calles nuevamente
de lo que fue Santiago ensangrentada
y en una hermosa plaza liberada
me detendré a llorar por los ausentes.”
Pablo Milanés.

Al exuberante verdor del valle del río Mapocho llegaron desde el norte Pedro de Valdivia y sus hombres, a mediados del siglo XVI, cuando los bravos mapuches, milenarios habitantes de la región, se estaban recuperando del dominio incaico.
Fundaron “Santiago de la Nueva Extremadura”, en honor de la zona de España que vio nacer al conquistador, pero tiempo más tarde el vocablo “chilli”, que podría ser de origen incaico, aymara, mapuche o diaguita, y que podría significar (entre otras cosas) “frío”, “austral” o “confín del mundo”, devino “Chile” y desplazó al topónimo ibérico: fue así que se impuso “Santiago de Chile”.
La independencia de Chile fue hija del sanmartiniano cruce de los Andes, y en el año 1970 un presidente disruptivo resultó electo: Salvador Allende intentaría “la vía chilena al socialismo”, una forma inédita de concretar la revolución social por medio de los votos, no de las armas.
Pero tres años después, el 11 de septiembre de 1973, un brutal Golpe de Estado dirigido por el General Pinochet, asaltó por aire y tierra el Palacio de la Moneda provocando la muerte en el acto del Presidente constitucional, y masacrando a todo sopechoso de continuar la tarea del mandatario socialista.
Pinochet tuvo que abandonar el poder con la vuelta de la democracia, tras diecisiete años de dictadura. Pero ni el “grado inversor” alcanzado por el capitalismo chileno de la nueva etapa, ni las torres de vidrio de Las Condes, ni los shoppings, ni el metro de seis líneas, logran ocultar las lágrimas que todavía parecen seguir corriendo, paralelas al río Mapocho, en las calles de Santiago, entre el gigantesco paredón de la Cordillera de los Andes hacia el este, y la Cordillera de la Costa que separa a la capital del Océano Pacífico.
Dice la sentencia de la ex Presidenta Michelle Bachelet inscripta en el fantástico Museo de la Memoria y los Derechos Humanos de Santiago:
“No podemos cambiar nuestro pasado. Solo nos queda aprender de lo vivido. Esa es nuestra responsabilidad y nuestro desafío.”