Imagen de encabezado: calle de la localidad de Puquio

Doce horas manejando entre cornisas, curvas cerradísimas  y paisajes indescriptibles (eso, los paisajes, de día; en la noche tocaron lluvia, niebla y algunos escombros desprendidos de las laderas). Así es el camino de Nasca a Cusco en el siglo XXI de nuestra era.
El cambio de altura es veloz y vertiginoso: de 500 a 1000, a 1800, 2300, 3200, 4800 metros sobre el nivel del mar en pocas horas. Y a medida que suben las alturas bajan de igual manera las temperaturas: uno se acuerda de que está en pleno invierno. 
La abundante bolsa de hojas de coca adquirida a 2 soles (medio dólar) en la pintoresca y amable Puquio me ayudó a sortear la escasez progresiva de oxígeno, así como me ayudó la brevísima estadía nocturna en Abancay, a solo cinco horas de Cusco, a reponer sueño y energías. 
La gentil vendedora de coca de Puquio me había alertado sobre un “paro” o corte de ruta que me impediría salir del pueblo si me demoraba mucho allí: claro está que no me demré.