Imagen de encabezado: regreso al Océano Pacífico en la localidad costera de Camana 

El andar fue apacible bajando, entre paisajes cada vez más desérticos, desde desde los 2400 metros sobre el nivel del mar de Arequipa hasta el regreso a la costa oceánica en Camaná.
Girando al norte, ya en la noche del poblado de Ocoña, tuve que afrontar un primer corte de ruta de los mineros artesanales: fueron cuatro horas refugiado en una estación de servicio que carecía de agua corriente, hasta que una “tregua” en el piquete me permitió lanzarme entre el embudo de camiones y ómnibus que pugnaban por pasar antes de un nuevo corte, y así llegar para pernoctar en la localidad de Atico.

A la mañana siguiente, la hostelera tuvo la amabilidad de avisarme que  “del otro lado, en Chala, hay otro corte…” Solo después de la dura prueba anunciada por la mujer atiqueña, pude llegar a una cena rápida en Nasca, pernoctar en Paracas y, al día siguiente, y alcanzar Lima por segunda vez en el viaje.
Lo que me tocó vivir en Chala fue una suerte de Rally Dakar imprescindible para sobrevivir al gigantesco corte de ruta de los llamados “mineros artesanales” (pequeños propietarios dedicados a la extracción de oro que pedían la derogación de una ley del Congreso). 
El conflicto implicó unas dos semanas bloqueando completamente -con algunas treguas intermitentes- el tráfico en la Ruta Panamericana, que es la principal arteria de transporte de pasajeros y mercaderías, y conecta a Perú con Chile y Ecuador. 
Comparto aquí lo que de esa particular aventura o desventura tomé nota en mi diario de viaje (más abajo, las fotos distribuidas en tres grupos: el trayecto de Arequipa hasta el bloqueo, el tránsito por el bloqueo, y finalmente, después del bloqueo, el paso por Nasca y Paracas hasta el regreso al Lima):

1- La señora del hostal de Atico, además de advertirme sobre lo del piquete, me dijo que había una posibilidad -solo para autos chicos, es decir, no para buses y camiones- de tomar un atajo “por el cerro”, pero no supo o no quiso brindarme más detalles, más allá de sugerirme no hacerlo en solitario sino “con alguien más”: “usted pregunte por allí” dijo para cerrar el tema.

2Salí a deslizarme entre el desierto y el mar con la ruta casi vacía, pero sabía que ese paraíso se convertiría en infierno más temprano que tarde; en un momento me pasó un Honda gris, recordé el mensaje de la señora sobre “ir con alguien al cerro”, y algo en mi interior me susurró “este Honda conoce el paño, lo voy a seguir”

3- De pronto, como un fantasma  surgido de la arenas y las rocas, apareció la infinita caravana de camiones varados sobre el carril derecho, el Honda se metió por el carril izquierdo (contramano) y empezó a eludir los autos que transitaban correctamente por su carril, lo seguí al Honda, cuando el carril contramano se complicaba (también había gente caminando) el Honda se metía entre camiones y ómnibus, iba por la banquina, después volvía al carril contramano, y yo lo seguía (noté por el retrovisor que a su vez me empezaron a seguir tres o cuatro autos más) 

4- En una de las maniobras sobre la banquina el Honda sale de la ruta y toma un camino de tierra por los suburbios del poblado de Chala, lo sigo; sigo siguiéndolo un buen rato por callejas empinadas y polvorientas hasta que de pronto el único auto que quedaba de los que me seguían a mí se desvía, y estaciona frente a una casa, entonces me pregunto ¿y si este Honda en realidad está yendo a otro lado? Entonces dejo al Honda gris y sigo una línea que me marcaba el navegador, con la esperanza (¡pobre iluso!) de que ya a esa altura, si volvía a la Panamericana, estaría desbloqueada hacia el norte

5-Perdido en el laberinto del polvo, le pregunto a un hombre tipo Edesur que estaba anotando los datos de un medidor, no tenía mucha idea, me dijo que a la altura donde estábamos el bloqueo seguía, que “tenés que ir a Chala Viejo y ahí encontrarás un camino alternativo”, pero cuando lo pongo en el navegador me da para el otro lado, como volviendo a Atico (el sur desde donde yo venía), no me sirve, le pregunto a otras personas y no saben, no sé qué hacer, llego a una terrosa bocacalle y veo al conductor de una camioneta (un peruano de otro lugar que estaba tan desorientado como yo) preguntándole a una señora sobre el tema, no me pareció un buen compañero de aventuras, se acerca una Toyota blanca (están llenas de camionetas Toyota las rutas peruanas), le hago señas, se detiene, era una familia, el que maneja me da una serie de indicaciones imposibles de retener (el castellano es más difícil de entender en los pueblos sin turismo), me dice que lo siga, lo sigo un buen tramo hasta que me hace una seña para que pare, me señala una Toyota gris, me dice que esa Toyota gris va a ir por el camino alternativo correcto, sigo a la Toyota gris

6- El sendero que me hace seguir la Toyota gris es algo que nunca olvidaré: desiertos montañosos donde el camino se fue convirtiendo en huella y después no había nada, solo las colinas de piedra y arena, y la referencia de la Toyota gris; luego volvemos a algo así como un camino, hay que parar un rato porque apareció otra camioneta y quedó varada, en esos minutos se baja un peruano del asiento de atrás de la Toyota gris y me viene a hablar, dice que son de Arequipa y que van para Lima, y que le pagaron a una mujer local para que les indicase el rumbo, le ofrecí colaborar con el pago a esa mujer, no aceptó, pura generosidad (la generosidad que encontré fue uno de los tips de la jornada); después de una travesía bastante larga por la nada, entramos como en un vallecito con árboles, unos campesinos bajaron una barrera, la Toyota gris pagó y pasó, me tocó a mí, me dijeron que estaban trabajando para cuidar los olivos que allí crecían, y que entonces tenían que cobrarme cinco soles (un dólar y pico), pagué y levantaron la barrera, pero la Toyota gris había desaparecido, seguí la senda bastante preocupado por la pérdida de mi guía hasta que se me apareció una ruta asfaltada (el navegador resucitó y me indicó esa ruta como correcta, pero la cosa no terminaría allí)

7- Llego a la Panamericana y tomo rumbo norte; en principio el carril sur-norte estaba desbloqueado, pero… Los cientos o miles de camiones y micros que iban para el sur, desde  donde yo venía, estaban formando una segunda fila sobre la banquina, con lo cual iba quedando un sendero intermedio cada vez más estrecho para transitar; cuando veo que una moto que iba delante mío pasa demasiado justo entre dos camiones, me doy cuenta de que no puedo arriesgar tanto, paso la banquina por un hueco entre dos gigantes, salgo de la Panamericana y me sumerjo nuevamente en un suburbio de Chala, con altísima incertidumbre

8- Veo entre el polvo del caserío un camión que dice “Arequipa-Lima”, digo “¡compañero!”, me acerco, me dice “Sí, voy pallá, ¡seguime!”, lo sigo e inicio otra tanda de caminos increíbles, que incluyeron campos de trabajo de una minera; después de un rato el tipo vuelve a la ruta Panamericana, él también tomó el espacio intermedio entre dos filas de grandes vehículos, pero su expertise le permitió entrar a la carretera en un lugar donde sí se podía, lentamente, avanzar , y era mucho más tranquilizador tener delante mío un camión en lugar de una moto: si él pasaba, yo tenía que pasar

9- Medí el largo de la fila de camiones: ¡solo en ese lado norte del corte eran de 15 kilómetros! Angustiante ver a esa gente ahí encerrada quién sabe hasta cuándo (había oído versiones de que el bloqueo se podría prolongar varios días más). En un momento mi camión guía se detiene, el camionero baja, se me acerca y me dice “A partir de acá ya tenés garantizado el camino sin bloqueos, soy Julio, cualquier cosa que necesites este es mi número” (me muestra el número impreso en la espalda del camión, se sube y se va)