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©2026 Matías Wiszniewer
Imagen de encabezado: la toma de Constrantinopla por los turcos, en 1453, según la represetación gráfica del “Panorama”, Estambul.
Imagen anterior (portada de esta entrada): dulces turcos en una de las innumerables vidrieras de Estambul que los exhiben.
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No hay otra igual.
No solo porque el Bósforo se entrecruce con el Cuerno de Oro dividiendo, respectivamente, su parte europea de su parte asiática, y su parte europea en sur y norte; no solo porque está en el centro de la historia de imperios y civilizaciones, o entre el Mar Negro y el Mar de Mármara; ni por la magnificencia de sus paisajes que transcurren entre mares, ríos y montañas; ni porque se eleven en ella innumerables mezquitas intercaladas con soberbias iglesias cristianas y algunas sinagogas; ni porque las misteriosas callejuelas se entreveran con enormes palacios; ni porque abrume con la gastronomía distribuida entre el Bazar de las Especias, las decenas y decenas de negocios de venta de dulces únicos y los otros tantos restaurantes que rebosan de hummus y kebab; ni porque allí, a la antigua ciudad griega de Bizancio, se mudó la capital del Imperio Romano hace diecisiete siglos, para convertirse, en centro, primero, del Imperio cristiano de Oriente, y después, del Imperio islámico de los otomanos; ni porque la conquista de Constantinopla (la Nueva Roma) haya sido tan bien retratada en el “Panorama” (construido por la Turquía actual), que se puede visitar justo en el punto en que fueron quebradas las murallas invencibles; ni porque la parte europea sur de Fener y Balat, o la parte europea norte, en torno a la Torre de Gálata, hayan alojado un maravilloso crisol de pueblos y culturas (genoveses, venecianos, judíos, búlgaros y tantos otros), ni porque Santa Sofía, fabulosa basílica cristiana edificada en el siglo VI por el emperador Justiniano, sea hoy una de las mezquitas más importantes del mundo, ni porque tenga (como Roma) siete colinas, ni porque… en fin… por todo eso y mucho más. No hay otra igual.
