SALTA
(poema de viaje escrito en el pueblo de Cachi, el último día de mayo de 2013)

¿Cuál es la verdadera Salta?
¿Acaso la que hace diez mil años poblaron cazadores que bajaron de Bering?
¿La de conquistadores incas que sometieron diaguitas del lejano sur del Imperio?
¿La de Lerma y su enigmática estrella?
¿La de la Batalla de Belgrano, del Güemes heroico?
¿La de los torturados-exiliados-desaparecidos de la dictadura asesina?

¿Será la Salta católica, la de las innumerables iglesias,
la de los judíos ambulantes que huyeron de la ignominia?
¿La de los Chalchaleros? ¿La sojera, la del tabaco, la porotera?
¿La de Ulloa, de Romero, de Urtubey?

¿O será la Salta de mi zeide Luis Barón, que cruzó tierras y mares desde el báltico Sheshoil
para vender medias y relojes, y fundar su linaje con Ana, y leer el Di Prese junto a El Tribuno,
y celebrar tantos Shabats y tantos Pesajs en el patio de la Leguizamón?
¿O la del Colegio Nacional y del piano de mi madre,
de los 504 y 3CV de tíos haciéndome conocer esos parajes de maravilla,
de los Guayacanes, del “momoblock Salta”, de la Mitre,
de la higuera que supe cruzar a diario en aquel verano setentista, rumbo a Gimnasia y Tiro?
¿O la del quesillo, del cayote, del camping de San Lorenzo?
¿O será la Salta de una noche del ‘85 en Cafayate,
a orillas de un arroyo, a la luz de la luna llena?

Todas las Saltas son una sola.
Son la Salta eterna de las montañas indescifrables,
la de los ríos que antes alimentaron calchaquíes y hoy atraen andinistas franceses,
la de los senderos, del ripio y del asfalto.
Son la Salta que vivirá en las futuras generaciones,
la que nunca olvidará aquella pequeña pero indeleble huella de mí y de los míos,
marcada para siempre en su historia sin fin.

Matías Wiszniewer